| Incontinencia
urinaria: no estamos solas/os
Al
principio, parecía ser sólo una impresión,
algo que quizá, pero que no podía ser
luego, cuando se fue reiterando, Mabel tuvo que aceptar
interiormente que algo estaba pasando con
su vejiga. En los comienzos lo atribuyó a ese
medicamento que le habían recetado para bajar
la presión y la hacía orinar más,
luego al hecho de que debía hacer un viaje largo
hasta llegar a la casa de sus nietos, y así se
fueron sumando motivos, excusas para sacar de su mente
la idea que estaba afectada por una verdadera deficiencia
en el control de la orina.
Como
es natural, al principio no se animó a contárselo
a nadie y trató de solucionarlo discretamente
utilizando apósitos femeninos en ropa interior.
Pero en ocasión de una charla de amigas tomando
el té, Adriana, su compañera de la escuela
primaria, le contó, también con cierto
pudor, que estaba teniendo problemas con
su vejiga. De este modo, finalmente ella también
pudo asumir estos hechos y juntas consideraron que debían
consultar a su médico.
La
historia de Mabel no es única, porque tampoco
Mabel es la única persona, sobre todo del sexo
femenino, que atraviesa por esta problemática.
También existe una realidad compartida: la de
algo que tiene que guardarse en secreto,
que tiene que nombrarse con eufemismos y un sentimiento
de vergüenza.
La
incontinencia urinaria, es decir, la pérdida
involuntaria de orina, es una circunstancia que lleva
a que muchos de quienes la padecen vivan una vida de
aislamiento, que se retraigan y cambien su hábitos
de salidas y paseos, o que socialmente puede afectarse
con este problema.
Una
realidad común y afortunadamente tratable
En
los Estados Unidos, se calcula que hay cerca de ¡20
millones! de personas que tienen algún grado
de dificultad para controlar la pérdida de orina.
De ellas por lo menos el 80% son mujeres (como Mabel).
Aunque
puede presentarse en individuos de todas las edades,
por causas variadas, es casi una constante entre personas
que viven en residencias y hogares de ancianos, donde
el porcentaje de personas afectadas alcanza, y generalmente
supera, a la mitad de los residentes.
Pero reiteramos la incontinencia urinaria: no es privativa
de ancianos o personas mayores; también puede
encontrarse en mujeres jóvenes atletas, madres
recientes e incluso pequeños o pequeñas
con daños de nacimiento o secuelas de traumatismos
o de ciertas intervenciones quirúrgicas.
Los
hombres no escapan de esta problemática: se estima
que hasta el 5% de los menores de 64 años y hasta
el 15% de los que superan esa edad también tienen
incontinencia urinaria.
El
panorama de este problema, como puede verse, es amplio
y se extiende a todos los espectros de edades y niveles
sociales y ocupacionales.
No
obstante, existe una buena noticia y es que quienes
como Mabel son víctimas de este problema, no
se encuentran solos tampoco por parte de la ciencia
médica, que ha desarrollado, en auxilio de la
industria farmacéutica y de otros avances en
diversas áreas, un abanico de posibilidades de
tratamientos para cada uno de los casos que padecen
incontinencia urinaria.
Como
sucede en muchas otras afecciones, antes de obtener
a solución es necesario acudir en búsqueda
de ayuda, para que el profesional pueda hacer un diagnóstico
preciso de lo que le sucede (no todas las incontinencias
obedecen a una misma causa
) y sobre bases ciertas
indicar la estrategia de tratamiento más adecuada.
Deje
de lado sus temores y consulte con su médico.
Editora
Médica Digital, junio de 2007 |